El reto venezolano del crecimiento en el mediano y en el largo plazo

Los análisis sobre Venezuela frecuentemente se concentran en el tema político. Poco se ha mencionado sobre la dimensión económica del futuro del país. Está claro que uno de los aspectos que explica la crisis del gobierno venezolano es la pésima situación macroeconómica. Pero, no es evidente cuál es la alternativa económica que acompañe a una solución política.

El modelo mono exportador. Venezuela lleva casi un siglo basada en una economía mono exportadora. En las décadas del 30, del 40 y del 50 del siglo pasado, mientras muchos de los países latinoamericanos iniciaban un proceso de industrialización, mediante la llamada sustitución de importaciones, la economía venezolana se quedó rezagada, viviendo de la renta petrolera. La lógica del funcionamiento macroeconómico ha sido un esquema simple en el que se vende petróleo para financiar la compra en el exterior de una amplia variedad de productos, para el consumo, para la inversión de las empresas y para las operaciones del gobierno.

En la experiencia latinoamericana de industrialización surgieron sectores productivos orientados al mercado interno que abastecieron las demandas de los hogares, de las empresas y del gobierno. Esto se produjo gracias a las políticas productivas que impulsaron la sustitución de importaciones y a la política distributiva que amplió la capacidad adquisitiva de la población. El grado de éxito de este modelo en cada país fue muy variado. Venezuela desarrolló limitadamente tal proceso, confiando en la renta petrolera que suministraba los recursos suficientes para obtener “lo necesario” para el consumo de las familias y para el funcionamiento del aparato productivo. El venezolano Arturo Uslar Pietri sintetizó, en 1936, la naturaleza del modelo económico venezolano: el petróleo fue una bendición, pero también la maldición para Venezuela, por lo que había que superar esa “economía destructiva”.

En este contexto, la empresa encargada de la producción petrolera, Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA), se constituyó en la esencia de la economía. El petróleo de PDVSA genera el 96% de las exportaciones de bienes, siendo la base del modelo mono exportador. Asimismo, la empresa genera la mayor parte de los ingresos del gobierno. De esta forma, el excedente de PDVSA y el gasto del gobierno constituyen poderosas palancas que mueven la economía. Por una parte, alrededor de la empresa petrolera y del gasto de gobierno se forma un importante poder de compra que sustenta una parte significativa de las compras importadas de “lo necesario” y difunde estímulos a la incipiente estructura productiva. Por otra parte, tales instancias gubernamentales alimentan los mecanismos distributivos que conectan el excedente petrolero con el ingreso de la población.

Los modelos distributivos. En los últimos cincuenta años han existido dos modelos distributivos de esta economía mono exportadora. Desde inicios de la década del 60 y hasta finales de la década del 90 operó un esquema basado en dos partidos tradicionales: Acción Democrática y COPEI. Reunidos en el occidental estado de Falcón, en 1958, establecieron lo que se llamó el Pacto de Punto Fijo (nombre de la principal ciudad del estado). Terminada la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, dicho pacto definió la alternabilidad en el poder de ambos partidos. El esquema acordado contemplaba un goteo que llegaba a diversos sectores de la población. El modelo funcionó hasta que la corrupción imperante en los mecanismos estatales generó una creciente frustración de la población.

El chavismo nació como propuesta de cambio frente a esa corrupción. Así, el ascenso al poder de Hugo Chávez permitió la formación del segundo modelo distributivo. En este caso, la distribución obedeció a un esquema caudillista, en donde el líder reparte “mejor” el excedente petrolero. Las llamadas Misiones fueron un ejemplo de los mecanismos distributivos que hacían el ligamen del excedente petrolero con las necesidades de la población. Incluso, el esquema distributivo fue internacional: así como se subsidiaba a la economía cubana y a las economías centroamericanas “amigas”, también se subsidiaba en invierno algo del consumo de combustible de los pobres en Estados Unidos, mediante la acción de Citgo, la subsidiaria de PDVSA. Sin embargo, el modelo no cambió nada de la estructura productiva mono exportadora.

El deterioro del excedente petrolero. La caída del precio del petróleo, desde los $100 a los $50 por barril, hizo colapsar ese segundo modelo distributivo. El motor mono exportador dejó de funcionar apropiadamente. Esa es la principal limitación del régimen actual porque la mayor parte de la población no recibe el resultado del excedente petrolero y el aparato productivo no obtiene las importaciones necesarias para funcionar. La gente se está movilizando por hambre. Y espera que un cambio político le devuelva el consumo de antes. Pero eso no es posible en el corto plazo, independientemente de quién gobierne. De acuerdo a la última proyección del Fondo Monetario Internacional (abril de 2018), para el período 2019 – 2023, el precio del petróleo fluctuará entre los $53 y $58 el barril. Por lo tanto, parece imposible volver a los $100 por barril de hace seis años. El excedente petrolero se ha deteriorado sensiblemente. Eso es lo que Mohamed A. El-Erian ha llamado la nueva normalidad del petróleo. Como resultado, las exportaciones venezolanas cayeron de US$97.900 millones en 2012 a US$27.400 en 2016. Además, las reservas internacionales pasaron de US$30.000 millones en 2012 a US$9.700 en 2017. Es decir, el sector externo de la economía está quebrado.

El reto estratégico del crecimiento. ¿Cómo hace una economía mono exportadora para comprar “lo necesario” cuando su excedente de riqueza se reduce sustancialmente como lo que le ha sucedido a Venezuela? Simplemente, no puede. Cualquiera de las dos opciones políticas básicas, la reproducción del régimen actual o el establecimiento de uno nuevo, chocará con esta realidad del esquema mono exportador. En ese sentido, es vital reflexionar sobre la realidad económica que es previsible en el mediano plazo. Lo que le espera a la fuerza política que gobierne en el futuro es un problema macroeconómico de dimensión enorme.

Dado este panorama, una solución del conflicto venezolano necesita una propuesta viable en el plano macroeconómico. En el corto plazo, no será posible cambiar la estructura productiva mono exportadora. En consecuencia, al estar disminuido el excedente petrolero, la única forma de alcanzar niveles mayores de consumo e inversión es disponiendo de un subsidio internacional. Esto sería una especie de Plan Marshall, como el que se aplicó para la reconstrucción de Europa, en los años posteriores al fin de la segunda guerra mundial. Existiendo un enfoque aislacionista en Estados Unidos, un estancamiento de la economía europea y una desaceleración de la economía china, eso luce como una labor compleja. En el mediano y en el largo plazo, la tarea es la diversificación de la estructura productiva y de las exportaciones, para superar el esquema mono exportador, aprovechando el potencial agrícola, industrial y turístico que tiene Venezuela. De ahí que el subsidio de corto plazo debe estar claramente condicionado al inicio de un cambio estructural de la organización productiva del país. Como dijo Uslar Pietri, en 1936, hay que “sembrar el petróleo”. Pero, eso toma mucho tiempo.